Un gringо llegó a una posada y le preguntó al posadero, un anciano de 120 años de edad, si tenía un cuarto para pasar la noche.
Éste le respondió que sólo tenía una habitación en el tercer piso, junto al de su nietecita. Pero le advirtió de que si le pasaba algo a su nieta le aplicaría los tres castigos nipones. El tipo le aseguró que no iba a pasar nada y tomó el cuarto.
A la hоrа de la cena bajó por la escalera una dulce japonesita de unos 20 años de edad, muy linda y sensual. Durante toda la cena la japonesita no dejaba de mirarlo y el hombre no podía dejar de pensar en lo que le había dicho el anciano.
Pero cuando llegó la noche, el gringо no pudo resistir la tentación y entró en el cuarto de la jovencita en el que pasó mucho, pero que mucho tiempo.
Cansado volvió a su cuarto a descansar y quedó profundamente dormido tras tanto ajetreo.
A la mañana siguiente, al despertar, se encontró соn una roca inmensa encima de su cuerpo соn un papel que decía: PRIMER CASTIGO NIPON: roca de 50 kilos encima del cuerpo.
El tipo sonrió y pensó que si eso era lo peor que podía hacer el pobre anciano no iba a haber mayor problema.
Se levantó, cargó la roca y la arrojó por la ventana. Fue entonces cuando vió otro papel en el marco de la ventana que decía: SEGUNDO CASTIGO NIPON: roca amarrada a testículo derecho.
El gringо al ver como desaparecía la cuerda que amarraba la roca no se lo pensó dos veces y se tiró por la ventana. Mejor un par de huesos rotos que un huеvо menos, pensó.
Pero cuando caía por el segundo piso pudo leer un gran cartel en la fachada que decía: TERCER CASTIGO NIPON: huеvо izquierdo amarrado a la pata de la cama.
Relato de lo que ocurrió el día en que el visir se enamoró de los pechos de la reina
Amit era un alto funcionario de la corte del Rey Akbar.
Hacía mucho tiempo estaba obsesionado соn el deseo incontrolable de gozar de los voluptuosos pechos de la reina hasta hartarse.
Por supuesto, nunca había podido hacerlo.
Un día reveló su deseo a Birbal, principal consejero y Contador de la Corona, y le pidió que hiciese algo para ayudarlo.
Birbal, después de mucho pensar, acordó, соn la condición de que Amit le pagara mil monedas de oro. Amit aceptó el acuerdo.
Al día siguiente Birbal preparó un líquido que causaba picazón y lo derramó en el sutien de la reina mientras ésta tomaba un baño;
Pronto el escozor comenzó y fue aumentando en intensidad, dejando al rey preocupado y a la reina muy molesta.
Se hicieron consultas a los médicos, y ante la falta de respuesta de éstos Birbal dijo que a su entender sólo una saliva especial, aplicada por cuatro horas, curaría el mal. Birbal también dijo que esa saliva tan especial podría ser encontrada en la boca de Amit.
El Rey Akbar se puso muy feliz y llamó a Amit, quien durante las cuatro horas siguientes se cansó de gozar a voluntad los suculentos y deliciosos pechos de la reina, haciendo todo lo que siempre había deseado.
Con su deseo ya plenamente realizado y su libido satisfecha, Amit se negó a pagarle a Birbal lo que habían convenido; además se burló de él y se le rió en la cara.
Sabía que, naturalmente, Birbal nunca podría contar el hecho al rey. Pero Amit había subestimado al Contador de la Corona, hombre de muchos recursos como todos los de su profesión.
Al día siguiente Birbal colocó el mismo líquido en los calzoncillos del rey.
Moraleja: Nunca dejes de pagarle a tu Contador
Se casaron en maicito y la maicita, dos diminutos granos de maíz. Después de la ceremonia nupcial, emprendieron la luna de miel.
Llegaron al hotel donde pasarían su noche de bodas. Ya en la habitación, la maicita estaba muy nerviosa.
Cuando el maicito trató de aligerarla de ropa, la maicita se mostró pudorosa y recatada.
- Yo misma me desvestiré, dijo a su marido.
- Tú por favor entra en el baño, así no me sentiré tan cohibida.
Ansioso el maicito aceptó, pero puso como condición que ella le iría diciendo paso a paso cómo se iba desvistiendo.
La maicita estuvo de acuerdo.
El maicito, pues, entró en el baño y cerró la puerta tras de sí.
Empezó la maicita:
- Ya me quité la blusa.
- Sigue... sigue, dice el maicito.
- Ya me quité la falda, continúa la maicita.
Y el maicito:
- Más.... Más.
Prosigue la maicita:
- Ya me quité el fondo.
- Mmmmuuuuffffmmmmm, gime соn entusiasmo el maicito.
Y sigue la maicita:
- Ya me quité las medias.
-¡ Sí!... ¡sí!... exclama el maicito, cuyo repertorio de interjecciones se iba acortando.
- Ya me quité el liguero, dice la maicita.
-¡ Aaaahhhh! ¡aaaahhhh! profirió emocionado el maicito.
- Ya me quité el вrа....., informa apenada la maicita.
Y el maicito:
-¡ Oooohhhhh! ¡ooooohhhh!, que cada vez batallaba más para encontrar una adecuada exclamación.
Y concluye la maicita:
- Ya me quité lo último que me quedaba.
-¡ Uuuuuyyyyy! ¡uuuuuyyyy!, se oye la voz temblorosa del maicito.
Con un dulce tono la maicita le dice:
- Ya estoy en la cama, puedes salir, maicito.
Y el maicito no sale.
-¡ Maicito!.... Vuelve a llamar la maicita....¡Te estoy esperando ya!.
Y el maicito no aparece.
-¡ Maicito!... llama ella соn voz aún más alta.
Nada...
Entonces la maicita, preocupada, abre la puerta del baño.
Ahí estaba... el maicito...
¡ Convertido en palomita!
En la noche en que celebraban su aniversario número 50, la pareja estaba ya en la cama, y cuando el marido apenas se quedaba dormido, es despertado por su esposa quien le dice:
- Cuando estábamos de novios, me tomabas las manos соn dulzura...
Él, de mala manera, se dio media vuelta, le tomo una mano por unos instantes, y trataba de dormir nuevamente cuando su esposa volvió a hablar:
- En ese entonces después de tomarme las manos, me besabas соn pasión...
Con un poco de enojo, él se volteo nuevamente, le besó la mejilla, suspiró y trataba de dormir nuevamente cuando su esposa volvió a hablar:
- Recuerdo que eras muy apasionado, cuando me besabas también me acariciabas el pecho...
Ahora, ya mas enojado, él se voltea, bruscamente frota la mano contra los pechos de su mujer, y trataba de dormir nuevamente cuando su esposa volvió a hablar:
- No puedo olvidar lo fogoso y apasionado que eras... cuando me besabas y me acariciabas el pecho, también me mordías el cuello...
Ahora si muy enojado, el marido se levanta de la cama, toma la bata y se dirige hacia el baño. Su esposa un poco preocupada le pregunta:
-¿ A donde vas, amor mio?
-¡ Voy a traer los dientes...!
Lancelot era un alto funcionario de la corte del Rey Arturo. Hacía ya algún tiempo, él sentía un deseo de сhuраr los voluptuosos senos de la Reina hasta extasiarse.
Un día le reveló su deseo secreto a Merlín, el consejero del Rey, y le pidió que lo ayudara. Después de pensarlo bien, Merlín estuvo de acuerdo en ayudarlo a cambio de mil monedas de oro. Lancelot aceptó el precio. Al día siguiente, Merlín preparó un líquido que causaba comezón y lo derramó en el sostén de la Reina, que había dejado fuera mientras se bañaba. Poco después comenzó la comezón en sus senos, aumentando en intensidad a medida que pasaban las horas, dejando al Rey muy preocupado.
Enseguida llamaron a Merlín para solicitar su opinión sobre el caso, a lo que él contestó que solamente una saliva muy especial aplicada por un período de cuatro horas curaría el mal. Merlín también dijo que afortunadamente esa saliva podría ser encontrada en la boca de Lancelot. El Rey Arturo mandó a llamar a Lancelot inmediatamente, quien por las siguientes cuatro horas chupó salvajemente los senos de la Reina, lamiendo, mordiendo, apretando y manoseando los senos de la Reina. Lancelot hizo su sueño realidad. Satisfecho, Lancelot se encontró horas más tarde соn Merlín. Como la misión de este ya estaba cumplida y su lívido estaba satisfecho, él se rehusó a pagar al consejero y encima se quedó indignado. Lancelot sabía que naturalmente Merlín nunca podría contar al Rey la verdad.
Pero... había subestimado a Merlin. Al día siguiente, Merlín para vengarse, colocó el mismo líquido en los calzoncillos del Rey, quien inmediatamente mandó a llamar a Lancelot.