Un anciano muere y va la cielo. Allí es recibido por San Pedro.
- ¿Me puede decir cómo se llama?
- Pues, es que no me acuerdo.
- A ver, le pondré algunos nombres, y me dice si le suenan. ¿Carlos? ¿Luis? ¿Juan? ¿Antonio?
- No creo que no, ninguno me suena, aunque podría ser uno de esos.
San Pedro, desesperado, va a ver a Jesús, al que le cuenta el caso del anciano. Entonces Jesús acude a hablar соn él.
- Mire, le haré unas preguntas, intente recordar, ¿de acuerdo?
El anciano asiente.
¿ En qué trabajabas?
- Creo que era carpintero.
- ¿Estabas casado?
- Creo que sí, era una mujer muy buena, casi un santa, creo recordar.
- ¿Tenías hijos?
- Sí, uno, pero era muy independiente.
Entonces Jesús llora de alegría, y corre a abrazar al anciano.
- ¡Papá, soy yo tu hijo!
Entonces el anciano llora también y exclama emocionado.
- ¡Pinocho!
En una convención de sacerdotes se encontraba un cubano, un americano y un mexicano. Se les aproxima una periodista y le pregunta al cubano:
- Padre, ¿usted podría explicarnos qué es lo que hacen en Cuba соn el dinero de los fieles?.
- Claro que sí chica. Es muy fácil, pintamos una línea en el piso y aventamos el dinero al cielo: lo que caiga adelante de la línea es para Dios y lo que caiga detrás de la línea es para nosotros.
- Muy bien, y ustedes los gringos, ¿qué hacen соn el dinero?.
- Nosotros, marcar un círculo en el piso y lo que caer dentro del círculo ser para Dios y lo que caer afuera, ser para nosotros.
- Finalmente ustedes los mexicanos, ¿qué hacen соn el dinero de los fieles?.
- Nosotros somos más justos, aventamos el dinero al cielo y lo que alcance a agarrar Dios es para él y lo demás es para nosotros.